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Dios también nos llama a orar por medio de la tristeza.

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orar03“Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”. Santiago 4: 17 

La oración es algo que está implantada en la mente de un verdadero hijo del Señor. Cuando nacimos de nuevo y conocimos al verdadero Cristo y a su evangelio, todo nuestro antiguo ser fue trastornado por su poder. De forma progresiva, las cosas que antes determinaban el rumbo de nuestra vida fueron perdiendo valor y brillo, y otras que ni siquiera teníamos en cuenta fueron tomando importancia; una de esas cosas es la oración.

Antes, tal vez, pudiera ser que hayas visto la oración como algo a lo cual solo se entregan los religiosos, o también como una especie de teléfono de emergencia para nuestras necesidades o tragedias.

Un predicador llamado John Bunyan que vivió en Inglaterra y murió en el año 1688, escribió lo siguiente para definir lo que es la verdadera oración:

“La oración es abrir el corazón o el alma a Dios en una forma sincera, sensible y afectuosa, por medio de Cristo, con la ayuda y el poder del Espíritu Santo, para cosas como las que Dios ha prometido, o que son conforme a la Palabra de Dios, para el bien de la iglesia, sometiéndonos en fe a la voluntad de Dios”. (1)

Cuando nuestro Señor comienza a invadir nuestras mentes con su Palabra, renovando progresivamente nuestro entendimiento que antes estuvo entenebrecido ([sg_popup id=”20″]Romanos 12: 2[/sg_popup]), uno de los conceptos que se purifica o santifica en nosotros es el de la oración. Ésta toma un nuevo sentido en nuestros corazones y empezamos a comprender que no solo es un canal de peticiones sino que también es un inmenso río que sube al cielo, hasta el mismísimo trono de Dios, llevando nuestra adoración y agradecimiento por todo, ([sg_popup id=”21″]Hebreos 13: 15[/sg_popup]; [sg_popup id=”22″]1 Tesalonicenses 5: 18[/sg_popup]).

Cuando por medio de la Biblia un hijo de Dios comprende lo que es la oración, ésta ya no es una opción para él, se convierte en una necesidad, a tal punto que cuando la misma deja de ser constante en su vida, él se debilita. Todo verdadero creyente sabe esto pues la Biblia lo dice y todos lo hemos experimentado; “Cuando nos alejamos de Dios, nuestras almas se debilitan”.

Cuando por causa de los afanes de este mundo descuidamos nuestras vidas de oración, una terrible aflicción progresiva nos agobia y esto es así porque hay algo bueno que no lo estamos haciendo, y esto es Orar (comunicarnos con Aquel que nos salvó). Esta aflicción es fácil de explicar, la Biblia misma dice, en el libro de Santiago capítulo 4 versículo 17: “Al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado”, y el pecado entristece a los verdaderos hijos de Dios.

La tristeza que viene de Dios.

Este concepto puede que sea extraño para algunos: “Dios produciendo tristeza, pena y aflicción”.

Para los que creen que tienen un “dios” que sólo está para hacerlos felices, solucionar todos sus problemas terrenales, pagar milagrosamente sus deudas económicas, sanándoles de enfermedades, cancelar maldiciones, etc. esto sonaría como una locura e incluso los ofendería. Esto es así pues solo atribuyen el dolor y la tristeza al Diablo, y equivaldría a pensar simple y erróneamente  cuanto sigue: “Todo dolor y tristeza proviene del Diablo, y la alegría y la felicidad provienen de Dios”. La vida espiritual de un creyente no es tan simple como esto, pues existe una tristeza, una angustia, una aflicción  que es producida por el mismo Señor.

En los tiempos de los apóstoles, la iglesia que estaba situada en la cuidad de Corinto se había desviado de la verdad y el pecado desenfrenado se había apoderado de la congregación ([sg_popup id=”23″]1 Corintios 5: 1[/sg_popup]). Es en ese momento en el cual el apóstol Pablo les escribe una carta muy dura  instándolos a que vuelvan a los caminos del Señor. El apóstol, con mucho amor y firmeza, escribe como un padre enojado con sus hijos para que ellos se arrepientan.

En 1 Corintios 4: 14 dice:

“No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados.”

La Carta era de tal tono que incluso Pablo les escribe:

“¿Qué quieren? ¿Iré a vosotros con vara o con espíritu de mansedumbre?”.

Esta carta de amonestación produjo tanta tristeza en la iglesia de Corinto que muchos de ellos volvieron a la vida piadosa.

En una siguiente carta Pablo les escribe:

“Ahora me gozo, no porque fueron contristados, sino porque fueron contristados para arrepentimiento, porque fueron contristados según Dios, para que no padezcan ninguna pérdida por parte nuestra.”

Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación ([sg_popup id=”24″]2 Corintios 7: 9[/sg_popup], paráfrasis).

Los verdaderos hijos de Dios no pueden practicar el pecado sin que éste los aflija, no estamos diciendo que los hijos de Dios no pecan, pues cualquier supuesto hijo de Dios que afirme que no tiene pecado llama a Dios mentiroso y la verdad no está en él ([sg_popup id=”25″]1 Juan 1: 8-10[/sg_popup]).

Lo que sí afirmamos es que cualquier hijo de Dios no podrá pecar libremente sin que el Espíritu Santo lo aflija, esto es lo que se conoce como “la tristeza que viene de Dios”, y es una bendición que experimentaron los verdaderos creyentes de Corinto.

Un creyente puede pecar, pero después de haber saciado los placeres de su carne, la amargura, el dolor, el desánimo, la tristeza y la aflicción que vienen de parte de Dios lo inundarán.

No solo el hacer lo malo produce tristeza, sino también el no hacer el bien.

El pecado produce tristeza y aflicción a los hijos de Dios, pero debemos saber que es el pecado en todas sus formas el que produce esta tristeza, tanto los de acción: mentira, fornicación, murmuración, violencia etc. Como también los pecados por omisión, es decir “dejar de hacer lo bueno”, volvemos a repetir lo que dice Santiago “Al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado”. Podríamos hacer una lista larga de pecados por omisión, pero quisiera darle énfasis a uno en especial: la falta de oración. Este es un pecado y hasta podría afirmar que es la fuente de muchos otros pecados que hallarán fuerza y ocasión en él, estoy seguro de que si eres un verdadero hijo de Dios esto tiene que estar afligiéndote, de alguna forma, en mayor o menor medida, y debes saber en base a lo que hemos visto en [sg_popup id=”26″]2 Corintios 7: 9-10[/sg_popup], que es el Señor mismo quien está afligiéndote, es el mismo Espíritu Santo el que aflige y entristece tu corazón para que te arrepientas de esta omisión y lo busques, incluso puede que estés en un momento de sequedad espiritual, y te preguntes, ¿por qué estoy pasando por esto? puede que sea la falta de oración la que te esté llevando a eso.

El amor de Cristo nos constriñe”, es lo que dice en [sg_popup id=”27″]2 Corintios 5: 14[/sg_popup], la palabra constreñir  significa: “Causar que una persona haga o deje de hacer algo”. Si el Señor nos ha salvado, su amor plasmado en la cruz, no nos dejará jamás hacer en paz obras pecaminosas y nos impulsará a hacer obras piadosas, cuando cortamos nuestra comunión con el Señor, ausentándonos de la oración, su amor nos constreñirá en lo más profundo para que volvamos a Él.

Una escalera a un pozo

Generalmente, cuando se usan metáforas de escaleras es para hablar de subir a algún sitio, pero las escaleras también se utilizan para bajar. Los pecados por omisión, y en especial la falta de oración es una escalera que descendentemente te llevará a un pozo de amargura, despropósito y tristeza, pues los niveles de pecado en tu vida se incrementarán de manera descontrolada. Inevitablemente los pecados por omisión culminan manifestándose en acciones pecaminosas.

“Deja de orar y de estudiar la Palabra que te lleva a conocer más a tu Señor. Deja de congregarte con otros que verdaderamente aman a Dios y luchan contra el pecado que aún permanece en ellos, y más rápido de lo que te imaginas estarás en lo profundo de un pozo inmundo lleno de pecado, y la tristeza de Dios te afligirá aún más”.

Es mi anhelo por medio de esta reflexión que comprendas lo terrible que es el perder la comunión con nuestro Padre. Es grave hacer a un lado a Aquel que nos ha dado vida cuando estábamos en un valle de muerte ([sg_popup id=”28″]Ezequiel 37[/sg_popup]).

Dios también nos llama a orar por medio de la tristeza y la aflicción, a escuchar su voz y volver a Él. Si eres una persona en constante comunión, comprende que esa es la fuente de tu fuerza y no la debes perder, todo el reino opuesto maquinará para que te desvíes de la comunión con Él.

Orar no es una opción, es una necesidad. La comunión con el Señor nos nutre y fortalece, nos llena de gozo, nos llena de buenos frutos ([sg_popup id=”29″]Gálatas 5: 22[/sg_popup]), en ella hallamos consuelo, constantemente vamos conociéndonos y descubriendo faltas que deben ser cambiadas ([sg_popup id=”30″]Salmos 19: 12[/sg_popup]). La permanencia en la oración nos ayuda a comprender la voluntad del Señor aun cuando ésta no es conforme a la nuestra. La comunión con Cristo también aplaca a nuestro viejo hombre lleno de pecado que constantemente trata de volver a salir ([sg_popup id=”31″]Efesios 4: 22-24[/sg_popup]).

“Gracias Señor por la obra de tu Espíritu Santo en nosotros, gracias por la tristeza que produces en el corazón de cada creyente cuando éste peca. Gracias por esta tristeza que nos guía al arrepentimiento, ya que esta es una señal de que somos tuyos. Nos arrepentimos por el pecado de descuidar nuestra comunión contigo y te rogamos nos des las fuerzas para permanecer firmes en ti. Ayúdanos a ser fervientes oradores en los momentos de paz, para que en los momentos de angustia y prueba no nos acerquemos a ti avergonzados”.


1- Cómo orar en el Espíritu Santo de Juan Bunyan (Portavoz;2009), Pag.17.

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