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La mayordomía bíblica

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por Fabio Oliveira  

“De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan.” (Sl. 24:1-RV60)

 La palabra “mayordomía” es sinónimo de administración. Por lo tanto, el mayordomo es aquel que administra algo que no es suyo, pero que le es confiado por alguien superior a él (Lc. 16:1-13).

El Salmo 24:1 expresa esta verdad al afirmar que absolutamente todo lo que existe pertenece a Dios. Nada es nuestro, todo lo que solemos decir que “tenemos”, en realidad, fue confiado a nosotros, por ende, somos administradores de las dádivas divina. Una afirmación como esta en un tiempo como este, en donde todo gira entorno al hombre que busca lograr sus objetivos a través de “sus propias fuerzas”, suena como una locura.

Por lo general, cuando hablamos sobre la mayordomía desde una perspectiva bíblica, el primer concepto que viene a nuestra mente es la cuestión financiera. Siempre asociamos con el hecho de dar una ofrenda en la iglesia. Sin embargo, este concepto es mucho más amplio y engloba no solamente el dinero y como lo usamos, sino también la forma que utilizamos nuestro tiempo, las habilidades que Dios ha puesto en nosotros y como cuidamos de nuestros cuerpos. Quizás, nunca haya visto de esta manera la mayordomía, pero es fundamental que lo sepa (1Co. 4:7).

En esta breve explanación, quiero ampliar el entendimiento sobre este tema tan importante y a la vez, ignorado en la práctica diaria en nuestras vidas. Por eso, el hecho que no veamos algunas acciones realizadas como mayordomía, desde la óptica espiritual, por ser tan comunes y rutinarias, no significa que no sea pecado a los ojos de Aquel que ve todas las cosas y sondea los corazones (Pr. 15:3). También, revela nuestro estado de santificación y madurez espiritual al punto de influenciar en nuestro desarrollo dentro del Cuerpo de Cristo.

Cualquier reflexión sobre algún tema propuesto siempre tendrá como punto de partida el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Todo debemos mirar desde la óptica de la obra redentora de la Cruz y como ella afectó nuestra nueva manera de vivir (2Co. 5:17). Por eso, la compresión de una mayordomía bíblica es verdad solo para aquellos que han nacido de nuevo (1Co. 2:14). Las evidencias de este nuevo nacimiento es la búsqueda por santificar todas las áreas de nuestras vidas y poner bajo el Señorío de Cristo (Ef. 4:28).

Una mala administración de nuestras vidas nos lleva a un desorden generalizado de todo lo que hacemos:

El tiempo: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” (Ec. 3:1-RV60) El tiempo es un recurso no retornable. Cada momento y cada instante es único, por eso una mala mayordomía resulta en una acumulación de actividades, donde la “aparente solución” es resolver lo urgente y no seguir las prioridades establecidas. A veces, pasamos la vida “corriendo detrás del tiempo”, siendo que lo correcto debería ser administrarlo con sabiduría y diligencia (Ef. 5:15-16).

Cuando nos encontramos vencidos por la fatiga y el estrés, nos remontamos al tiempo pasado para justificar el desorden que hay en nosotros y añorar lo que fue alguna vez. El Predicador, sabiamente refuta esa actitud al decir: “Nuca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría.” (Ec. 7:10-RV60)

Quizás, el pecado más sobresaliente de esta generación son los roba-tiempos del entrenamiento y redes sociales. Dedicamos más energía e importancia pasando horas mirando noticias o algo secundario, que invirtiendo tiempo en la lectura de las Sagradas Escrituras, en la oración (individual y comunitaria), en la koinonia con los hermanos en Cristo y en los estudios bíblicos. Que esta sea nuestra oración: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sl. 90:12-RV60).

 El cuerpo: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? (1Co. 6:19-RV60). Muchas veces pasa desapercibido que nuestros cuerpos físicos deben manifestar la gloria de Dios (1Co. 10:31). Lo que comemos y la porción que comemos, la cantidad de horas que dormimos, como nos ejercitamos, hace parte de una sana mayordomía del cuerpo. Entretanto, una mala interpretación de 1 Tm. 4:8 nos ha llevado a un extremo en cuanto al no considerar esos cuidados como una mayordomía que glorifica a Dios (Rm. 12:1). Un cuidado excesivo del cuerpo nos lleva a la vanidad, lujuria e impureza. Pero el cuidado moderado de este “templo del Espíritu Santo” es contado como parte de nuestro proceso de santificación y ordenado que se mantenga “irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1Ts. 5:23).

 Los talentos: “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función” (Rm. 12:4-RV60). En este pasaje Pablo presupone que cada miembro tiene una función dentro del cuerpo, aún diferente, cada persona desarrolla un talento conforme su capacidad y habilidad dada por el propio Dios (Mt. 25:14-30). No existe un miembro sin función dentro de cuerpo físico. Por lo tanto, no puede existir un hermano que sea solamente un espectador en la asamblea de los santos, es su deber ser participante activo de este Cuerpo de Cristo.

Los talentos dados por Dios a sus hijos son para la proclamación del Evangelio y expansión de Su Reino. Sean estos visibles o no, todos nosotros fuimos llamados a servir así como Cristo (Mc. 10:45). El ejercicio práctico de estos dones son una forma de glorificar a Dios y hacen parte de la mayordomía, ya que todo lo que recibimos proviene de Él (1Co. 4:7). La iglesia es lugar donde desarrollamos estos talentos de diferentes maneras.

“Todo lo que te viene a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría” (Ec. 9:20-RV60).

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1Pe. 4:10-RV60).

 La creación: “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios” (Rm. 8:19-RV60). Una vez sujetada por el pecado de Adán, la naturaleza está en desarmonía en su propia esencia. Mientras no se cumpla la promesa de restauración, nosotros debemos cuidar de este mundo en el cual vivimos, aún bajo el pecado (Jn. 17:15). Poco se habla sobre la mayordomía de este mundo, pero tenemos la responsabilidad de preservar y administrar los recursos que Dios nos ha dado de la mejor manera posible.

Desde el Edén, vemos el cuidado de Dios con el hombre y la orden “que lo labrara y lo cuidara” (Gn. 2:15) de todo lo que Él había creado. La conciencia de preservación es innata al ser humano aún muerto espiritualmente. Aquellos que han nacido de nuevo, deben administrar de forma honrosa la creación de nuestro Padre Celestial (Sl. 19:1).

 

Las finanzas: “Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1Cr. 29:14-RV60). La mayordomía financiera es el pecado individual y colectivo más común dentro de las congregaciones (Mt. 6:21). Nuestro apego a la “plata y el oro” (Hag. 2:8) demuestra nuestra falta de entendimiento del cuidado de Dios para con nosotros (Mt. 6:31-32).

El dominio propio es la llave principal en la administración de los recursos dados por Dios (Gl. 5:22). Saber que vamos a rendir cuentas a Él por todas las cosas, y eso incluye una mala administración de los bienes financieros, debería causarnos un gran asombro (Rm. 14:12). Pues hemos sido egoístas con nuestra manera de actuar.

Solamente un corazón regenerado, que haya probado de la gracia inefable del Padre, sabe corresponder con diligencia el mandato de dar. “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2Co. 9:6-7RV60).

Que nuestro sentir sea el mismo del rey David al proclamar la siguiente oración: “Yo sé, Dios mío, que tú escudriñas los corazones, y que la rectitud te agrada; por eso yo con rectitud de mi corazón voluntariamente te he ofrecido todo esto, y ahora he visto con alegría que tu pueblo, reunido aquí ahora, ha dado para ti espontáneamente” (1Cr. 29:17-RV60).

Que El Señor les bendiga.

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