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La Pascua. ¿Qué celebramos?

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pascuitaLe recomendamos que al terminar de leer este texto tome una Biblia y corrobore con diligencia si lo expuesto aquí es verdad, pues el contenido de este texto atentará contra costumbres muy arraigadas en muchos pueblos y tal vez usted descubra que ha estado en un grave error.

Por Javier Bello.

Usemos la imaginación. Imaginemos a una familia; una familia judía: un hombre, esposa e hijos comiendo un cordero (cría de la oveja, que no pasa de un año), pero no cualquier cordero. Se trata de un cordero preparado de una manera muy especial, es uno al que no le han roto ni un solo hueso para prepararlo. Para cocinarlo lo han asado; lo sirven con hierbas amargas y pan sin levadura con un tipo de salsa o aderezo hecho de granadas, manzanas, dátiles, pasas y vinagre. Durante los preparativos, mientras preparan al cordero, amasan los panes, seleccionan las hierbas, y los demás trabajan por todo lo necesario para esta fiesta. Un ambiente de suma reverencia, cautela y respeto envuelve todo; nadie habla mucho y si bien es una fiesta, todos están en profunda meditación. En un momento dado pregunta uno de los hijos (el menor): — ¿Qué es esto que estamos haciendo?, y el Padre le contesta: —Es la Pascua, hijo mío. — ¿Y qué es la pascua, papá?; pregunta nuevamente el hijo. El padre lo mira y se ve a sí mismo haciendo esta misma pregunta en su niñez, sabiendo que su padre también le había hecho esta misma pregunta al suyo, y así; el padre de su padre al suyo. Esto lo hacían de generación en generación. Ahora sería su turno, y era su obligación trasmitir este conocimiento a su hijo para que a su vez éste lo haga alguna vez con los suyos. El padre es obligado a hacerlo por mandato divino: su Señor le ha ordenado en el libro de Éxodo 12:26,27 cuanto sigue: “Cuando tu hijo te pregunte ¿qué es esta costumbre que estamos haciendo? Tú le contestarás: Esta es la víctima de la pascua.” El padre, conociendo este mandato, toma a su hijo ante los ojos de los demás miembros de la familia y le dice: —Hijo mío, déjame contarte la historia de cómo es que dejamos de ser esclavos y de cómo nuestro Señor liberó todo un pueblo de una vida terrible. Te hablaré de la pascua.

El padre entonces narra esta historia al pequeño: —Hace miles de años, el pueblo de Dios fue esclavizado por una poderosa nación de ese tiempo, el poderoso imperio de Egipto. Este imperio estaba gobernado por un Faraón que era considerado como un dios vivo, gran descendiente de Horus.

Egipto con todo su poder sometió al pueblo del “Único Dios Verdadero” a esclavitud. El pueblo clamaba en medio del sufrimiento a su Señor para que él los libere, hasta que Él los oyó (Éxodo 2:24), y es ahí cuando nace un hombre llamado Moisés. Su historia es muy conocida (Éxodo 2), él sería un instrumento para la liberación del pueblo. Moisés fue delante del Faraón con su hermano Aarón de vocero,  a pedirle que liberara al pueblo de Dios de la esclavitud (Éxodo 5), petición a la cual el Faraón se negó rotundamente y no solo eso, sino que desafió al Dios de Moisés diciéndole “¿quién es ese tal Dios tuyo, para que yo le oiga?” (Éxodo 5:2).  La historia bíblica nos cuenta que a pesar de que Moisés hizo señales milagrosas para demostrar al Faraón que hablaba de parte de Dios, él no los escuchó, y se rehusó a liberar al pueblo de Israel. Entonces Dios ejecuta un juicio sobre toda la nación egipcia, sobre el Faraón y sobre los dioses de Egipto, pues era un pueblo politeísta, y el Dios de Israel humilló a las principales deidades falsas de los egipcios por medio de estos juicios (Éxodo 12:12). Lo hizo por medio de plagas, conocidas como “las 10 plagas de Egipto”. Denigró a cada uno de estos dioses en sus templos y ante su propia gente. Humilló al gran dios del Nilo “Hapi” con sangre; a Heqt con ranas; pisoteó Hathor y a Nut con piojos; y atestó a Uatchit, Isis y Shu con moscas; a Ptah y Apis avergonzó matando al ganado egipcio; a Sekhmet lo dejó infalible ante las úlceras; a Geb padre de Osiris; Isis y Set lo aplastó con granizo y fuego; a Serapis con langostas y, por último, a quien sería la deidad principal, el gran Ra o «dios del sol», a éste lo humilló apagando el sol y sumergiéndolo en tinieblas por tres días.

Entre cada plaga se pedía a Faraón que libere al pueblo, pero éste rehusaba y, aunque los egipcios rogaban a sus dioses con llantos, súplicas y sacrificios que los liberen de estas plagas, estos dioses falsos nada podían hacer, pues según el Salmo 135 solamente eran imágenes que tenían ojos pero no podían ver, orejas pero no podían oír, boca pero no podían hablar, pies pero no caminaban y narices pero no tenían aliento, estaban muertos al igual que aquellos que los seguían (Salmos 135:14-18). Después de nueve de las diez plagas, el Faraón seguía duro. Para aquel entonces Egipto ya estaba destruido (Éxodo 10:7), pero fue la plaga número diez la que despedazó por completo a Faraón y a Egipto. Moisés les advirtió que si no liberaban a Israel, Dios tomaría la vida de todos los primogénitos de Egipto desde el de menor clase hasta el hombre más poderoso (Éxodo 11). Ante esta amenaza el Faraón —orgulloso y soberbio— se mantuvo en su dureza y se negó a dejarlos ir.

Anunciado esto, el Señor mandó por medio de Moisés a su pueblo que hiciesen algo sorprendente. Según el libro de Éxodo, capítulo 12, les mandó que tomen un cordero por familia. Un corderito de un año; libre de cualquier defecto, y que debía de ser perfecto. Las familias habían de matar al cordero, asarlo y luego comerlo con panes sin levadura y hierbas amargas. Al comerlo debían hacerlo rápidamente y vestidos como para un viaje; y si alguna porción sobrara del cordero no podían dejarla sin quemarla totalmente. Pero la instrucción más impactante era la concerniente a lo que harían con la sangre del cordero: ponerla por el dintel y los dos postes de las puertas de la casa. La razón del Señor era ésta: Jehová pasaría a la media noche hiriendo a los egipcios y llevándose a sus primogénitos y cuando pasare por sus puertas y vea en el dintel y en los postes la sangre del cordero no permitiría que el heridor —al que algunos teólogos lo llaman el ángel de la muerte— lleve a sus hijos (Éxodo 12:23). Éste fue un mandamiento estricto;  una vez hecho todo, les mandó también que se encerrasen en sus casas y que no salgan por ningún motivo hasta el amanecer, pues ese sería el momento cuando todo se había de consumar.

Por la mañana, después de esa terrible noche, al salir de sus casas los israelitas se encontraron con una escena inigualable a ningún thriller de ficción. En Éxodo 12:30 cuenta que no había una sola casa egipcia que no tuviera un muerto. En ese momento el gran imperio egipcio, que había destrozado con sus ejércitos a grandes naciones, el que doblegaba a fuertes reyes y subyugaba a pequeños pueblos, orgulloso por el poder de sus hechiceros y de sus dioses a los cuales honraban con sacrificios terribles, este mismo Egipto estaba hecho trizas, y la nación que alguna vez se enseñoreaba con puño de hierro sobre los demás estaba siendo humillada por un Dios que ni siquiera tenía un nombre claro para ellos y que era adorado por sus esclavos. De esta manera el Faraón, un supuesto dios entre los hombres, descendiente de dioses, observó como todo su linaje “divino” era un fraude.

Con la décima plaga los egipcios se apresuraron no solo en darles la libertad a los israelitas sino en echarlos de Egipto (Éxodo 12:33). De esta forma Israel finalmente obtiene su libertad. Desde ese momento y como mandato perpetuo, todo judío debe recordar la noche de la pascua (Éxodo 12:14).  El mismo término “pascua” habla de su esencia. La palabra “pascua” proviene del hebreo “pesaj” que traducido sería “paso por alto”, “siguió de largo” o “paso por encima”.

Regresando a nuestra escena familiar, el padre terminando de narrar toda esta historia al niño, así también de rememorarla a los demás en la mesa, pregunta a su hijo: -¿Hijito, has comprendido lo que es la pascua, comprendes lo que celebramos?. Y el niño, muy sorprendido y aun tejiendo la historia en su mente, contesta: – Sí, padre. Si entiendo. Es la noche en la que el ángel de la muerte vino a llevar a los primogénitos, pero no se llevó a los nuestros porque estábamos cubiertos con la sangre del cordero. –Así es hijo;- contesta el padre dándole la instrucción: Alguna vez cuéntaselo a los tuyos, pues de esta forma el Señor nos liberó del cautiverio.

Si bien esta es una escena ficticia, esto ocurrió incontables veces entre las familias del pueblo de Israel e inclusive hoy día, aunque con algunas modificaciones, los judíos lo siguen practicando, pues para ellos es un mandato perpetuo. Ahora vayamos a otra escena, pero esta no es ficticia sino real, de esta misma manera hace mucho tiempo atrás un hombre judío, poco tiempo antes de su muerte, se preparaba junto con sus doce discípulos para celebrar la tradicional pascua. Él mismo dijo: “Mi tiempo está cerca, celebraré la pascua con mis discípulos” (Mateo 26:18). Jesús, como buen judío, respetaba esta tradición sagrada. Para los judíos la pascua se celebraba a los 14 días del primer mes del año de su calendario, el 14 de Nisán o Abib  (marzo/abril). Luego de esta fecha seguían siete días más de fiesta, conocida como “la fiesta de los panes sin levadura”.

En el momento que Jesús participaba de la pascua con sus discípulos él les dijo: “Cuánto he deseado comer esta pascua con ustedes antes que padezca” (Lucas 22:15-16). La realidad es que tanto la primera pascua realizada en Egipto como también todas las demás realizadas posteriormente como conmemoración a la liberación del pueblo, solo eran un simbolismo de lo que había de pasar esa misma noche de la última cena de pascua y al día siguiente; pues el verdadero Cordero de la Pascua estaba a punto de ser sacrificado y su sangre correría por un madero. Desde un principio, Juan el bautista lo vio tal cual él era, diciéndole: “He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Juan 1:29) En otras palabras, él dijo: aquí está el Cordero que será sacrificado en la pascua.

A partir de ese momento, el que muchos conocen como La Última Cena, Jesús dio un nuevo significado a la cena de pascua, pues la convirtió en la institución de la ordenanza de un nuevo pacto conocido como “La Cena del Señor.” Es un acto que todo cristiano lo práctica hasta el día de hoy y es considerado un sacramento o rito sagrado. Es tan sagrado que el mismo Dios sanciona con un castigo a quienes lo practiquen de manera irreverente o indigna (1 Corintios 11:27-34).

Según Mateo 26:26-30 durante la última cena de pascua: “… tomo Jesús el pan, lo bendijo, y lo partió, y se los dio a sus discípulos diciendo”, (las conocidas palabras): “Tomad y comed, este es mi cuerpo”, (un recordatorio de Juan 6:47-51) “y luego tomando la copa, habiendo dado gracias,  dijo: Tomad y bebed de ella todos. Porque esta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para la limpieza de sus pecados” (o maldad).

Todo esto quiere decir que aquel cordero sacrificado en Egipto en la primera pascua era solo un símbolo de lo que había de ocurrir; ahora el verdadero cordero estaba listo para entregarse y ser sacrificado: Jesús en la cruz y su sangre derramada nos libraría de la pena de muerte eterna. La esclavitud del pueblo de Dios por parte de los egipcios era una representación viva de la esclavitud de los hijos de Dios por parte de la maldad, o dicho de otra manera: “la esclavitud del pecado” (Romanos 6:15-23). La paga a ese sometimiento voluntario a la esclavitud del pecado es la muerte (Romanos 6:23); la muerte del Cordero es el precio por la liberación de la esclavitud (1 Corintios 6:20). Es decir, con la muerte del Cordero somos librados de la muerte eterna. En sencillas palabras: Él murió para que los hijos de Dios no mueran. Ahora la muerte no puede tocarnos pues estamos cubiertos con la sangre de Cristo. Esto no significa que no moriremos físicamente. Lo que la Biblia entera nos dice es que después de morir resucitaremos para tener vida eterna (1 Corintios 15:42), pues el Cordero de la Pascua que fue sacrificado en lugar de los primogénitos, milagrosamente resucitó al tercer día (Mateo 28:5-6). La pascua es una de las tipologías más hermosas del evangelio.

Con todos estos actos de la cena del Señor no estamos hablando de canibalismo (comer carne humana) o de vampirismo (beber sangre humana). Todos estos actos eran simbólicos, lo que hacían eran dramatizar visiblemente lo que ocurriría en la cruz del calvario, y los beneficios que tendría su muerte para su pueblo.

La razón por la que los cristianos ya no practicamos el ritual de matar un cordero es porque el verdadero cordero ya ha sido sacrificado una vez por todas, como dice el libro de Hebreos; pero en conmemoración a ese sacrificio practicamos la Santa Cena o Cena del Señor, y lo tenemos por mandato hasta que él vuelva.

Amigos, ¡han oído esta historia de salvación!, han visto la hermosura de la obra de Dios para rescatar a su pueblo. En cuanto a la pascua, hay tantas personas que no dimensionan el verdadero sentido de ella, de la misma manera, en varias otras fiestas muchos se han desviado adaptando costumbres paganas a festividades sagradas y de esa manera alterando su esencia, esta fecha ha sufrido ese mal. La pascua no tiene relación con conejos, huevos de chocolate o actividades recreativas; es un recordatorio de como el Señor liberó a su pueblo, es decir a nosotros, de la esclavitud del pecado. Y decimos “nosotros” pues bajo el nuevo pacto no es el pueblo de Dios solamente la nación judía que ha creído en él, sino todo hombre de toda raza, linaje o nación que ame al Cordero (Efesios 2:12-14).

Cuando cada hijo de Dios experimente ese día, ese día del cual muchos no quieren hablar, aunque es un día del cual nadie puede huir, el día en el que muchos se lamentarán (Sofonías 1:14-18), ese día es el día en que la muerte pasará y todos deberemos enfrentarla. En ese momento nosotros no tendremos temor, pues la muerte no podrá tocar nuestras almas, y antes que pérdida, lo acontecido ahí nos será de ganancia (Filipenses 1:21). Y tenemos esta seguridad: “Porque nuestra pascua es Cristo y ya fue sacrificada por nosotros”  (1 Corintios 5:7).

Mediten en la pascua y hablen a sus hijos del Evangelio.

Texto extraído del artículo «Pascua ¿Qué Celebramos?» elaborado por el pastor Javier Bello de la iglesia Sola Gratia. Puede descargar el PDF para impresión ingresando aquí y utilizarlo sin restricciones siempre que su contenido no sea alterado o comercializado.

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