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¿Por qué debemos congregarnos?

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Por lo general, luego de que un hombre o una mujer oye el Evangelio de Jesucristo y cree en él; el siguiente paso es el asistir a una iglesia (o congregarse). Aun así, en la actualidad, se ha evidenciado la poca claridad que se tiene del significado de congregarse por parte de la mayoría de los cristianos, y esto ha causado que el principal motivo por el cual un creyente se congrega sea distinto a lo que la Biblia enseña.

El Señor Jesús se dirigió al Apóstol Pedro en muchas oportunidades, sin embargo, entre muchas enseñanzas que El Señor dio a Pedro, podríamos destacar dos de ellas; la primera es la que la palabra nos muestra en Mateo 16:17-18:

“Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

Esta fue la respuesta del Señor a la confesión de Pedro; que Él (Jesús) era el Cristo, el hijo de Dios (v.16), y sobre la Roca (-refiriéndose a él mismo-) se edificaría la iglesia, de tal manera que las puertas del infierno no tendrían dominio, poder, o algo qué reclamar a aquellos que fueron limpiados de sus pecados por la sangre de Cristo y que conforman su iglesia. De forma certera y fiel, El Hijo de Dios no perdería a ninguna de sus ovejas porque Él daría su vida por ellas.

Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre». (Juan 10: 27-29).

Las Escrituras nos garantizan que la obra de Jesucristo en la Cruz asegura fielmente que su Iglesia no caerá en la ruina del infierno porque el mismo Hijo de Dios guardará a cada oveja suya en sus manos poderosas, y que ni existirá ninguna cosa creada que nos pueda separar de este gran amor (Ro. 8: 38-39).

La segunda enseñanza que El Señor Jesús entregó a Pedro (y ésta con un peso de mandato), tiene que ver con la labor que deberían llevar ciertos hombres elegidos comenzando por Pedro y los apóstoles, de guiar, apacentar, y pastorear a la Iglesia de Jesucristo.

“Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos.   Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas.   Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” (Juan 21: 15-17).

Es claro que el apóstol Pedro aquí es restituido por El Señor luego de haberle negado tres veces y de haberle prometido que sería el último en abandonarlo (Mat. 26: 33), pero también estaba recibiendo la responsabilidad sublime de “apacentar y pastorear” a la grey de Dios. Este mandato es depositado en los demás apóstoles y en cientos de siervos que vinieron después y que han llevado tan ardua labor ante un Dios que todo lo observa y que no puede ser burlado (Gal. 6:7).

En definitiva, cada creyente verdadero tiene la garantía de que nada podrá hacerle caer de la mano de un Salvador tierno, amoroso y compasivo de las debilidades de sus ovejas (Heb. 4: 15). No obstante, así como Jesucristo edifica sobre Él mismo su iglesia, siendo la cabeza de ella y la principal piedra del ángulo (Ef. 4:15; 5: 23; 2: 20); también manda a que sean “apacentadas y pastoreadas”.

¿Qué significa exactamente para la Iglesia ser “apacentada y pastoreada”?

Necesitamos comprender correctamente lo que quiere decir el Señor Jesucristo cuando utiliza las palabras “pastorea” y “apacienta”. Él no se está refiriendo simplemente al hecho de que poseía un gran número de rediles con ovejas que pronto se quedarían sin pastor y necesitarían que alguien como Pedro y sus demás discípulos las apacentaran; el Señor se está refiriendo a aquellas ovejas que son los creyentes redimidos; su iglesia que redimió con un alto precio (1 Co. 6: 20), y no solo las que ya fueron rescatadas hasta entonces, sino todos los creyentes que vendrían posterior a su ascensión a los cielos; aquellos por los cuales el mismo Salvador oró al Dios Padre pidiendo que sean UNO para que el mundo sea testigo y crea en la unidad pura que goza la Iglesia de Cristo (Jn. 17: 20-21).

La iglesia necesita ser apacentada por hombres elegidos por Dios, que tienen la labor de alimentar a sus hermanos con el alimento de la palabra de Dios, de llevar a las ovejas de Jesús a los pastos frescos que desean comer y para que guarden obedientemente y por amor sus mandamientos (Jn. 14: 15). Así también, además del trabajo del pastor sobre los hijos de Dios, también debe existir el anhelo de consumir de la leche espiritual no adulterada de los creyentes dentro de las iglesias (1 Pe. 2: 2).

Necesariamente la iglesia debe ser pastoreada, es decir; guiada, gobernada, cuidada, y enseñada con toda verdad de Las Santas Escrituras en virtud del príncipe de los pastores; Jesucristo. El apóstol Pedro comprendió perfectamente la labor que El Señor le encargó y, a su vez, enseñó de la misma manera a persistir en este mandato a otros pastores en las iglesias.

Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.   Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.” 1 Pedro 5:1-4

El apóstol Pablo, por su parte, también enseñó sobre la importancia del creyente a ser guiado y de la responsabilidad del obispo, pastor o anciano (mismos oficios) en cumplir con este objetivo, y de cuidar a sus hermanos de falsos maestros con falsas enseñanzas:

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño.   Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno.” Hch 20: 18-21

Es claro que el pueblo de Dios debe responder a esta disposición de la voluntad del Señor; en que todos sus hijos, sean uno en Cristo, un solo cuerpo, con un solo Espíritu, con una sola fe, con solo una esperanza, soportándonos unos a otros en amor, humildad y mansedumbre (Ef. 4: 1-6). Si bien la Palabra de Dios enseña que hemos de glorificarle (Isaías 60: 21; Apc 7: 13-17) y que también unidos en amor debemos soportarnos con paciencia entre creyentes… ¿Dónde podría ocurrir semejante unión espiritual ? La respuesta es: En la congregación reunidos como la iglesia de Cristo.

Las Escrituras nos muestran que todos aquellos creyentes de la iglesia primitiva se reunían unánimes. Luego de la ascensión de Cristo estaban en pentecostés juntos (Hch 2: 1). Cuando Pedro predicó por primera vez donde luego se convierten tres mil personas; éstas se añadieron a la iglesia, y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan, y en las oraciones (Hch. 2: 41-42).

Todos los que habían creído estaban juntos (Hch. 2: 44) eran empáticos con la necesidad del hermano (v.45). Perseveraban unánimes en el templo, comían juntos con sencillez de corazón, partían el pan en las casas, alababan a Dios (v.46, 47). Pero lo que Glorificaba y sigue glorificando aun más a Dios es su testimonio de que las ovejas seguían siendo añadidas a la iglesia de Jesucristo… “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” Hch. 2: 47

Cuando la iglesia sufría persecuciones por la fe en Cristo y las circunstancias eran adversas, los creyentes hacían lo que siempre habían estado haciendo; oraban unánimes. Cuando Pedro estaba encarcelado, la iglesia estuvo en oración hasta que Dios contestó sus oraciones en medio de esa tribulación; cuando Pedro ya estaba libre y fue a “donde muchos estaban reunidos orando” (Hch. 12: 12)

La pregunta sigue siendo ¿Por qué debemos congregarnos? La respuesta es tan simple como la pregunta: Porque fuimos salvados por Cristo, y por Gracia nos hace participes y coherederos en Él (Ro. 8:17; Ef. 3:6). Porque si somos hijos de Dios necesariamente debe haber un deseo por nuestro amado Salvador, un deseo de rendirle culto, de exaltarlo, glorificar su Gracia inmerecida en nuestras vidas, de aprender de sus mandamientos para guardarlos y un deseo de comunión con hermanos en Cristo.

Observando el testimonio de las Escrituras que hablan de la esperanza que brinda el Buen Pastor que conoce a los suyos y que ha ordenado que sus ovejas sean pastoreadas momentáneamente por hombres escogidos hasta que Él vuelva y pastoree a su pueblo y limpie sus lágrimas (Apc 7:17), ¿Qué otro motivo debería tener un creyente para congregarse en el Nombre del Señor? ¿Qué diremos? ¿Qué excusa ponemos hoy ante el Señor? El error está en pensar que, al no hacerlo, al no congregarnos, nos desligamos de la responsabilidad de responder ante un pastor y ante una familia espiritual, porque ante quien realmente debemos responder es ante al Príncipe de los pastores por estar desobedeciendo Su mandato.

El Señor nos ayude a arrepentirnos de todo corazón.

Heriberto Britos | Diácono de la Iglesia Sola Gratia.

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